lunes, 1 de enero de 2018

El derecho al afecto

Una de las demostraciones más tristes de “analfabetismo afectivo”, sucedió a finales de la década de los ochenta, cuando los niños de los orfanatos rumanos fueron adoptados por familias occidentales. Hasta ser adoptados, se les estimuló poco o nada, no habían sido individualmente atendidos por adultos, y lo peor del caso, no habían recibido nada parecido a la ternura, al afecto o el amor fraternal de los padres.

De esta forma por mucho que hayan recibido amor en sus hogares adoptivos gran número de ellos se hicieron adultos con problemas emocionales y sociales que repercutieron en comportamientos violentos, otros desarrollaron un cuadro de atraso mental; algunos presentaron un gran retroceso en el lenguaje y en la apropiación del conocimiento; mientras que otros murieron, debido a que fueron propensos a desarrollar infecciones de toda naturaleza, pues la ausencia del afecto bloquea el sistema inmunológico. Hoy sabemos que para que se desarrollen las defensas del cuerpo, son fundamentales todos los sistemas de apoyo afectivo que necesita el ser humano, caricias, abrazos, cariño, estimulaciones táctiles, etc.

El ser humano no sobrevive a la ausencia de afecto, ni mucho menos a la indiferencia, pues todos necesitamos que se nos reconozca como seres incompletos y dependientes de amor y de afecto. En este sentido podríamos afirmar que se puede sobrevivir sin una adecuada alimentación, sin música, sin visiones y olores; pero no podemos sobrevivir sin afecto ni caricias. He ahí nuestra fragilidad humana. Un niño prematuro, cuando se acaricia el peso aumenta en más del 50%.

El desarrollo afectivo y emocional es la base biológica, sobre la cual se fundamenta el desarrollo cognitivo, pues filogenéticamente del sistema límbico, emociones, evolutivamente surge la corteza cerebral, racionalidad. Desde esta perspectiva es necesario, el aporte de actividades y ambientes propicios para el desarrollo adecuado de estos procesos, en los cuales es fundamental la mediación humana. Tales ambientes corresponden, proporcionarlos inicialmente a la familia y luego, la escuela. En el espacio familiar es necesario que la madre se identifique naturalmente con el niño en sus primeras fases de desarrollo, para tener la capacidad de ponerse en su lugar y comprenderlo en sus necesidades naturales de dependencia afectiva, es decir, los abrazos, el calor, los gestos, los halagos, los silencios y en especial el contacto directo como caricia son esenciales. De esta forma la mano al acariciar tantea y es incierta, no tiene propósitos, no es violenta, sirve para acariciar de igual forma como se hace con el gesto, con el balbuceo, con los susurros del lenguaje, con el calor humano.

Los procesos afectivos anteriores son indispensables, no sólo para que el niño crezca sano, sino que dichas interacciones sociales fortalecen todas las vías de interconexión neuronal que viajan desde el tálamo hasta el córtex frontal, originando de esta forma una potenciación de los procesos sicológicos superiores del hombre como son la memoria, el aprendizaje, la percepción y el pensamiento de alto nivel.

Recordemos que estas actividades se dan dentro de ambientes naturales, en los cuales no es necesario un proceso de instrucción para las madres. La comprensión intuitiva de la madre, basta para cuidar a su hijo sin haber aprendido a hacerlo; en realidad la riqueza esencial de esa comprensión intuitiva consiste en que es natural y no ha sido alterada por el aprendizaje. Como afirma el pediatra inglés Donald Winnicott "La madre no puede aprender lo que debe hacer ni de los libros, ni de las enfermeras”. Puede haber aprendido mucho de su propia experiencia infantil y también de la observación de otros padres con sus hijos o de haber participado en el cuidado de sus hermanos, y fundamentalmente ha aprendido cosas de vital importancia jugando a la mamá cuando era niña.

Si no existe afectividad y amor en los procesos de desarrollo humano, no existe la posibilidad de ser creativos, ni la probabilidad de la socialización. Por consiguiente, nuestros niños deben de crecer en una relación madre-bebé de total aceptación corporal y esto se hace a través del amor y del afecto. El investigador chileno Humberto Maturana nos dice : “Todo sistema social humano se funda en el amor, en cualesquiera de sus formas, que une sus miembros, y el amor es la apertura de un espacio de existencia para el otro como ser humano, junto a uno". De esta forma ocurre en el fluir de conductas relacionales a través de las cuales la otra, el otro, o lo otro, surge como legitimo otro en convivencia con uno.

En lo relacionado con la influencia de lo afectivo en la Educación, es necesario argumentar que la escuela fuera de ser un centro de saber, debe de ser un espacio atravesado en toda su dimensionalidad por el afecto. La teoría pedagógica debe de estar impregnada de amor, comprensión y compasión y no de un cúmulo de manifestaciones frías de tipo académico.

En conclusión todos los comportamientos que se producen en el desarrollo afectivo, como: los gestos del rostro, la respiración de la madre, el latido del corazón, las caricias, los masajes, los olores y colores de la piel, la mirada cara a cara, en la cual el bebé se ve a sí mismo en la cara de su madre, los abrazos, el juego con su cuerpo y movimiento, las canciones de cuna, los gestos y otra cantidad de formas silenciosas de comunicación, repercutirán en su corporalidad, en su lenguaje, en su imaginación, en la fantasía y en la construcción del conocimiento.

CARLOS ALBERTO JIMÉNEZ VÉLEZ.
Escritor e investigador de procesos alternativos alrededor de la Neuropedagogía, la lúdica, la creatividad y el desarrollo humano.
 E-mail: ludico@ulibrepei.edu.co

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