Cortesía: Tato López
En 1985, en Medellín, con la celeste de básquet le ganamos a Argentina por el Sudamericano. Esa noche, cansado por el esfuerzo y ya preparándome para la final contra Brasil del día siguiente, bajé a la cocina del hotel en busca de agua. Cuando volvía para mi habitación escuché un tímido "Tato, Tato". Era León, que solitario en una mesa tomaba un café y un güisquicito acompañado de un cigarrillo.
León Najnudel, en aquellos días, era el técnico de una selección argentina que sorprendía a propios y extraños por tener en su plantel a los desconocidos Jorgito González, de 21 años y 2,29 de estatura, a un chico que creo se llamaba Borel, de unos 20 años y 2,17, y a Hernán Montenegro, de 18 años y 2,08. La carrera de León como entrenador había cobrado notoriedad internacional unos años antes, cuando al frente de Ferro Carril Oeste había reclutado botijas de cada rincón de su país y construido de la nada un bicampeón sudamericano de clubes campeones.
