Escribe: Ana Cristina González, Laura Castro en Dínamo | Foto: Ramiro Alonso
Feminismos y combate a los fundamentalismos.
Desde la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de El Cairo (1994), “los derechos sexuales y reproductivos han sido reconocidos como parte de los derechos humanos”. En su defensa por estos derechos, la movilización progresista –influida por el pensamiento feminista– ha abogado por la igualdad y las libertades asociadas al ejercicio de la sexualidad y la reproducción de los individuos.
De manera reactiva, la movilización conservadora –marcada por la tradición religiosa– ha puesto en marcha esfuerzos contrarios al avance de estos derechos, promoviendo una concepción conservadora de la vida, la reproducción y la sexualidad, que legitima la reproducción de relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Se trata de un orden sexual “que asigna a lo femenino atributos que por definición representan un lugar de subordinación al lado de patrones que privilegian y sobrevaloran lo masculino. Un orden que busca confinar a las mujeres al ámbito de lo privado, a la reproducción biológica y social, que las cosifica y subvalora, que estructura la opresión y la dominación, y que utiliza como su fuerza última la violencia” (Ana C González, La silla llena, 2016). En este sentido, toda forma o propuesta no tradicional de ejercicio de la sexualidad y de la reproducción representa una amenaza contra el ideal de orden sexual defendido por los movimientos conservadores.
De manera reactiva, la movilización conservadora –marcada por la tradición religiosa– ha puesto en marcha esfuerzos contrarios al avance de estos derechos, promoviendo una concepción conservadora de la vida, la reproducción y la sexualidad, que legitima la reproducción de relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Se trata de un orden sexual “que asigna a lo femenino atributos que por definición representan un lugar de subordinación al lado de patrones que privilegian y sobrevaloran lo masculino. Un orden que busca confinar a las mujeres al ámbito de lo privado, a la reproducción biológica y social, que las cosifica y subvalora, que estructura la opresión y la dominación, y que utiliza como su fuerza última la violencia” (Ana C González, La silla llena, 2016). En este sentido, toda forma o propuesta no tradicional de ejercicio de la sexualidad y de la reproducción representa una amenaza contra el ideal de orden sexual defendido por los movimientos conservadores.

